Londres, París, Roma

Empieza a anochecer sobre el puente de Londres. Mientras se encienden las primeras luces artificiales en las calles costeras y en los muelles, el último sol encandila los cristales de los edificios, que no se resignan a la abrazo de la noche, o no quieren perder ni un átomo del día agonizante.

 

La perspectiva de los barcos anclados en el Támesis da énfasis a la fuerza del río, que avanza mansamente hacia el espectador.

 

No he estado nunca en Londres y sin embargo he estado allí tantas veces, en tantas novelas y poemas, tras los pasos de Mister Hyde, o de Dorian Grey, o de T. S. Elliot:

 

"Sweet  Thames, run softly, till I end my song".

 

El secreto guardado a la luz del día en las viejas capitales europeas, recargadas de historia y de tiempo, se resuelve en la superficie de las aguas y de la piedra, donde juegan su juego eterno la luz y las sombras, los colores insondables del cielo.

 

Emerge entonces esa resolución inesperada: la belleza.

 

Los cuadros se dejan ver desde distintos ángulos y distancias, y solo muy lentamente van entregando su misterio. La técnica en ellos está casi escondida, para dar al espectador la ilusión de que se han pintados solos. 

 

Pero hay una mano experta que sostiene el pincel y va combinando sutilmente los óleos. El arte ha ocultado el artificio, según la antigua máxima, para que veamos a través de él la ilusión de las formas.

 

Alejandro Bekes

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